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PASTILLAS PARA NO SOñAR

Si lo que quieres es vivir cien años

Vacúnate contra el azar”

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Si existieran en la farmacia pastillas para no soñar, creo que no las compraría, soy una persona que sueña mucho. Dormida tengo unos sueños de repente muy reales y largos, a veces hasta con continuación, así como saga de esas del cine.

Pero también sueño mucho despierta, muchos de mis sueños se han hecho realidad y muchos otros se han quedado ahí, en sueños, que además siendo realistas no creo que se cumplan. Por ejemplo, cantar igualito a Eugenia León la canción de “Como yo te amé”, o bailar perfecto la canción de “Quiero vivir en América” de The west side story. Pero me gusta seguir soñando ¿y por qué no?, capaz que un día los sorprendo realizando mi sueño de hablar perfecto francés.

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Mis sueños han ido cambiando y por supuesto no son los mismos de cuando era niña o una dulce quinceañera. La vida ha dado grandes lecciones que me han hecho pensar en sueños que den felicidad duradera y no temporal. Algunas personas que han pasado por mi vida también me han ayudado a cambiar mi forma de soñar, hace unos meses estábamos festejando el cumpleaños de Galia, la hija de mi amigo Micky, estábamos como muchas otras veces en el jardín de la casa de su abuelo.

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Cuando la fiesta estaba en pleno apogeo veo salir de su casa a el abuelito de Micky, el TATA con sus 99 años recibiendo una vez más a la familia y amigos en su jardín, caminó despacito saludando amable y amoroso como siempre, después de comer lo vi que caminó hacia la brincolina en donde jugaban los niños, se paró a observarlos y ahí se quedo un buen rato, sonreía con esa sonrisa tranquila y sincera, y sus ojos brillaban alegres, me quede viéndolo todo ese tiempo y pensaba, que bonito ser como él, que bonita vida, cuanta paz tiene, la paz que sólo una vida llena de amor te puede dar.

La casa del Tata nos recibió muchas veces. Llegábamos como sí fuera nuestra casa llenándola de ruido y chamacos latosos, batería y guitarras, y él siempre tenía un abrazo de bienvenida para nosotros. Yo lo conocí a través de mi amigo Micky el cual le heredó su amor por la música, la tranquilidad y el saber entregar amor y amistad sincera, y el Micky nos ha regalado a nosotros la oportunidad de conocer a su abuelo, de sentir a su familia como nuestra.

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El Sábado pasado el Tata se fué, nos dejó un vacío a todos. A mí me dejó un nuevo sueño, quiero tener una vida como la de él, larga y llena de amor, quiero ver crecer a mis hijas, conocer a mis nietos y bisnietos, tener una mirada serena y un caminar tranquilo, quiero dar abrazos que reconfortan y hacer de mi hogar el hogar de muchos. Quiero tener la palabra exacta para cada momento. Música en mi corazón y que la riqueza sean mis historias que compartiré con los que vayan llegando. Tener salud para vivir muchos años, y un día como el Tata tomarme el tiempo de observar tranquilamente jugar a los niños. Así lo voy a recordar cada vez que escuche al Micky cantar, o a Galia jugar con Marimar, en la sonrisa del Mike,  en el abrazo chino de Marcia, en una canción de Cold Play del Güero, cuando reconozca la guitarra del Bibi en el radio o sonriendo en una foto con Sara y Andrea,  leyendo el día a día de Diana o en una de mis pláticas con la Georgie. Ahí siempre estará el Tata y mi sueño de vivir 100 años así como los  vivió él.

COMO HEMOS CAMBIADO

“¡Ah! Cómo hemos cambiado

qué lejos ha quedado

aquella amistad.”

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Hace unos días estaba viendo un capítulo de sex and the city. En una de esas escenas típicas de las 4 amigas desayunando en un restaurante y  platicando sobre sus problemas amorosos. Me quedé observando y sintiendo que algo le faltaba a la escena, después de un rato me dí cuenta que a la escena obviamente no le faltaba nada, si no, que sí trasladamos esa escena a éstos días, a la vida real, esa escena estaría acompañada de 4 teléfonos inteligentes; que acompañarían a las 4 amigas y que en algunos momentos interrumpirían su plática tan padre para checar sus mensajes, hacer check in en facebook y por supuesto tomar la selfie de rigor. Digamos que esa escena es una escena del pasado, ausente de toda esas nuevas costumbres que los tiempos modernos han contagiado, inclusive a mi generación.

Fue casi, casi, como ver una película de época, pero resulta que esa época si la viví, y además la siento que apenas acaba de pasar, hace apenas unos añitos. Inclusive, cuando la protagonista Carrie Bradshaw, saca su cigarrito para fumar mientras platica, se ve tan pasado de moda, por que resulta que hoy en día tener ciertos  malos hábitos es casi, casi, un pecado para nuestra sociedad, obsesionada con lo “saludable” y fumar ya no resulta tan atractivo y quedamos lejos de vernos tan “cool” como James Dean.

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Son otros tiempos diría mi abuela, tiempos mas acelerados, en donde la información real se mezcla con la virtual. En dónde estar sano es la moda, pero también está de moda el ser popular, a cuesta de lo que sea, como ventilar nuestras vidas privadas, o de defender alguna causa social por moda.

Son tiempos en donde mi generación, una vez más, se esfuerza por encajar en un mundo de jóvenes, algunas veces a costa de caer en un escenario un poco ridículo, invadiendo los espacios de la muchachada.

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Creo que vi con nostalgia ese capítulo de sex and the city. Creo que que sí hemos cambiado mucho. Pero me di cuenta que hay cosas que se quedan intactas, como los momentos en los que me reúno con mis amigas a platicar; de los uniformes de cuadritos a las épocas de universitarias, de las noches en algún bar en la playa a las tardes planeando una boda, de los consejos para cambiar un pañal a las quejas por tener tanta chamba, de los chistes, anécdotas y recuerdos a nuestros miedos y tristezas.

Siempre iguales, siempre amigas. Podrán venir modas o chats de wathsapp, con nuestras pérdidas y bienvenidas, siempre nos quedarán nuestros días de café, y al contrario de aquella canción de presuntos implicados, nuestra amistad no ha quedado lejos, si no mas cerca que nunca.

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EL BAILE Y EL SALON

“Yo que era un solitario bailando

Me quedé sin hablar

Mientras tú me fuiste demostrando

Que el amor es bailar”

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Mi mamá nunca me llevó a clases de ballet. Y eso que yo todo el día andaba bailando por la casa, cuando se escuchaba alguna canción, fuera en el radio o en la tele.

Desde chica me aprendía todos los pasos de baile de las comedias musicales, o de los artistas que salían en Siempre en Domingo bailando música disco. Yo creo que mi mamá pensaba que era simplemente un rasgo más de mi personalidad  hiperactiva, y como en aquellos tiempos no te llevaban a terapia por todo, como hoy en dia, jamás se enteró de que unas clases de ballet me hubieran hecho mucho bien.

Por lo tanto yo me las arreglaba solita para copiar los pasitos de tap de Anita la huerfanita, o jurando que podía volar y girar sobre mi espalda como la protagonista de flash dance, era yo algo así como un Billy Elliot en potencia.

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Pero todo aquello quedó opacado un día, que viendo la tele en canal 13, que en aquella época era un canal medio cultural, apareció una pareja bailando en sus leotardos brillantes y descalzos. Me quedé totalmente fascinada, ¿qué era aquello? no era ballet, ¿por qué no tenían zapatillas?, ¿por qué no hay escenografía? ¿por qué si sólo hay una extraña música acompañándolos, yo sentía en ese momento ganas de llorar?.

La pareja transmitía un amor profundo que según yo entendía, podía ser, algo así como Romeo y Julieta.

Al terminar y leer las letritas me enteré que efectivamente era un fragmento de Romeo y Julieta. Y lo interpretaba el ballet Teatro del Espacio. Ese mismo día en la tarde, le dije a mi mamá que yo quería bailar así, no me hizo mucho caso y yo sola me puse a investigar. Mi tía Lupita me dijo que aquello era danza contemporánea, y que en la casa de la cultura había una maestra buenísima, así fué como llegué al salón de clases de Carmen Bojorquez y con ello a un mundo maravilloso que solamente se puede vivir en un lugar en el que tus pies y la duela se hacen cómplices.

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Yo tenía trece años y estaba en primero de secundaria, tal vez debería de haber andado haciendo otras cosas. Pero aquello de la danza me tenía fascinada. Le echaba muchas ganas, pero la verdad no era tan buena como la niñas que ya tenían en su historia clases de ballet o gimnasia, pero de todos modos un buen día me invitaron a tomar clases con los grupos de la UABC.

Jamás olvidaré el primer día que mi mamá me dejó en la parte de atrás del teatro de la uni. Estaban ahí reunidos el grupo más interesante de personas que jamás había visto. En el primer piso estaban el grupo de teatro y de pantomima, y en el segundo, los grupos de vocalización y danza. Personas iban y venían, algunas vocalizando y otras practicando algún paso de danza o el fragmento de la próxima obra de Angel Norzagaray. Ahí transcurrían mis tardes, entre bailarines extraordinarios como Manuel Torres, que además daba las clases de jazz más divertidas. Personajes maravillosos como Ramón Tamayo llegando a su clase de expresión corporal en mono ciclo, Rosa Amelia intensa en su ir y venir de clase en clase, los paralelo 32  y hasta un extraño llamado Arturo, que iba y venía colgado de su cuerda floja y viéndote con unos ojos muy fijos en medio de su melena y su barba muy larga. Ese era mi mundo por las tardes, para mi era como ser Alicia y entrar cada dia en el pais de las maravillas.

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Yo buscaba mi propia identidad, y de repente me perdía en aquél salón, entre las percusiones de la clase de técnica Graham y mi poca facilidad en la barra, en la clase de ballet.

Los cambios llegaron, y con ello una hermosa bailarina que llegaba del DF para ser la nueva maestra. Llegó Patty Aguilar caminando derechita y dejandonos impactados con su perfección, sus brazos largos y sus piernas que parecían volar. Y con ella el aprendizaje firme pero amoroso. El sentimiento a flor de piel y las ganas de no memorizar una coreografía, si no de sentirla, de vivirla, sin protagonistas, con la posibilidad de que dentro de nosotras naciera la danza y así poder bailar de verdad.

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Fueron días de identificarnos, de conocernos, de sentir que podíamos hablar sin decir palabras. Compartí mis tardes con seres hermosos que hasta el día de hoy, hacen de la danza su vida. Artistas enloquecidas por la necesidad de hacer arte, y que la gente sienta que la manera más sublime de expresar, es esa, el arte.

Yo nunca me sentí bailarina más bien una aprendiz eterna.  Nunca me llegué a sentir suficientemente buena, pero daba mi corazón. Se complicaba mi vida por culpa de querer ser bailarina y abogada al mismo tiempo. Así que en aquél salón dejé frustración y tristeza, pero ahí también me sentí libre, realmente feliz, aprendí a llamar a mi cuerpo con su nombre correcto, a sentir la energía que somos cada uno de nosotros, a sensibilizarme, reír, carcajearme, a abrazar con fuerza, a cargar nuestros cuerpos, pero también nuestro sentir, a ver en un moretón o una ampolla una herida de guerra. A no tener pena de lo que soy capaz de hacer, ahí en aquél salón fuí yo misma, ahí en aquél salón aprendí a soñar con los pies como dice Sabina, ahí en aquel salón se mezclaron mis lágrimas y mi sudor, mis aplausos con   música de tambores, ahí en aquel salón aún me  sueño bailando, ahí en aquél salón se formó gran parte de lo que soy, porque yo creo que nos formamos de experiencias y de momentos, pero también de pedazos de vida que compartimos con otras personas.

Por eso, parte de mi lo forman aquellas tardes, pero sobre todo mis compañeras de “la danza”, locas todas a su modo… a mí modo.

Entonces que…Bailamos?

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PERDIDO EN MI HABITACION

“Perdido en mí habitación

sin saber que hacer

se me pasa el tiempo

Perdido en mí habitación

entre un monton

de discos revueltos”

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En mí cuarto hay un librero azul, de esos que son esquineros, y es el único objeto al que le tengo un verdadero aprecio. Ha estado en mí cuarto desde el día que nací, durante años sirvió para acomodar algunos muñecos y más adelante algunas fotos o figuritas de porcelana de aquellas que estuvieron tan de moda en los 80’s; hasta un día convertirse en un útil y agradable librero.

Pero su historia no comienza conmigo; resulta que este mueble algún día fué el trastero de mi abuela, y al igual que yo, un día terminó encariñada con él y fué el único mueble con el que cargó por las 3 ciudades en las que vivieron mis abuelos antes de llegar a Mexicali.

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Mi abuela me contó que no siempre fue color azul, antes tenía su original color madera, pero cuando decidieron que estaría en mi cuarto como juguetero lo pintaron color azul, -a lo cual durante mucho tiempo me pregunté, ¿por qué azul? ¿Apoco siempre quisieron que yo fuera niño?, pero esa es otra historia-.

Un buen día mí mamá decidió que era el momento de hacerle un cambio total a mí recámara, yo había pasado por un año muy difícil y mí mamá pensó que al cambiar todo mí cuarto yo ya no tendría malos recuerdos y que la sorpresa al regresar a Mexicali y encontrar mi recámara como nueva me haría muy feliz.

Cambió todos los muebles, incluyendo el librero azul, la alfombra ya no era aquella tan de los años 70’s y la cortina había sido reemplazada por una moderna persiana. Efectivamente mí nuevo cuarto era muy bonito pero extrañe una cosa, y rápidamente pregunté ¿y mi librero?; mi mamá me respondió, lo regalé junto con todo lo demás.

Me senté en mi linda recámara y observé que definitivamente le faltaba mi toque personal, sentía que había llegado a el cuarto de otra persona, ó a la habitación de un hotel. Así que por la tarde salí a buscar el librero a la casa de la vecina a quien se lo habían regalado, con la pena, pero era muy mío, lo coloque en su lugar y pegué algunos posters en la puerta del closet. Nunca me volví a sentir a gusto del todo en ese cuarto, que sí la cama estaba muy alta, que sí a los cajones no les cabía nada. Siempre tenía una queja, me sentía perdida, hasta que un día decidí mudarme al cuarto que había sido de mis abuelos y hacerlo a mí estilo, pinté las paredes de colores, puse un cuadro del CHÉ en lugar de cabecera y algunos de The Beatles y Jim Morrison en las paredes, y lo único que me llevé fué el librero azul, que por supuesto más tarde se iría a mi primer casa cuando me casé, y ahora está de regreso en su cuarto original justo a unos pasos de mi cama.

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Yo creo que yo en aquella época no estaba perdida por culpa de una recámara nueva, yo estaba pérdida dentro de mí y buscaba lugares conocidos para sentirme bien. Buscaba tal vez mí identidad, pero sin separarme de lo que significara algo especial para mí.

Nuestro espacio, el que habitamos, es nuestra vida y lo tenemos que decorar a nuestra manera. Que los colores sean los buenos momentos y los muebles sean la compañía de tu familia y amigos, la decoración ya la irás haciendo tú mismo con tus logros, con tus momentos, ya sean buenos o malos, tal vez lo cambies de estilo de vez en cuando pero siempre siendo tu mismo, si te hace feliz la sencillez de tu espacio o la comodidad y calidez de quienes te acompañan a vivir en él.

Yo ahora comparto mí espacio y me gusta mucho, porque ya no estoy perdida y sí me llego a perder, siempre tendré un librero azul al cual acudir, ¿a poco no?.

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UN AÑO MAS

Y en el reloj de antaño

como de año en año

cinco minutos más para la cuenta atrás.

hacemos el balance de lo bueno y malo

cinco minutos antes de la cuenta atrás”

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Creo que mí festejo favorito es el año nuevo, siempre me ha parecido increíble como podemos sentir la necesidad de hacer recuentos con tan solo mover una hoja en el calendario y como también poder sentir la necesidad de hacer cambios con tan solo el movimiento del reloj.

Pero no siempre me ha gustado tanto ésta fecha, en realidad cuando era niña no tenía tanto chiste, bueno por lo menos para mí, que fuí una niña de esas que se duermen temprano, por lo tanto yo nunca estuve presente en los festejos de año nuevo de mis abuelos, que según escuchaba, eran muy divertidos. A mí al dia siguiente solo me quedaba la posibilidad de un día con ropa que estrenar y un montón de visitas que sólo veía cada día primero del año dándose el abrazo de año nuevo.

Pero ya de más grandesita las cosas tomaron su chiste, la posibilidad de ir a festejar con los amigos, y de ahí vinieron noches viejas en algún lugar como La Gran Compañía, el Forum o el Vivah!, entre luces y abrazos a los amigos, bailando hasta que amanecía y con el conteo para recibir el año con gorritos brillosos. Ó como en vísperas de año nuevo en mi casa, cuando organizaba aquella fiesta de año nuevo, en donde me encantaba recibir a mis amigos y los amigos de mis amigos en mí sala, transformada en pista de baile llena de globos dorados y un montón de propósitos, que sólo cuando se tienen 20 años se pueden tener.

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Los años pasan y no importa como reciba el año, me gusta sentir que es momento para dar gracias por los 12 meses que han pasado, por lo bueno, pero también por lo malo, no importa si estoy en mi casa, ó en casa de algún amigo, en Disney ó sola con mi esposo esperando el desastre que se suponía sería la llegada del año 2000.

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Me gusta festejar y abrazar a la gente que quiero justo a las 12 de la noche; reír y también llorar, comer las uvas que alcance sin correr el riesgo de ahogarme,  usar chones rojos y hacer todas cosas posibles para atraer la buena suerte. Imaginar que en el mundo entero por unas horas, todos estaremos pensando que el año que está llegando será el mejor de nuestras vidas, y sí no lo logramos, no importa, por que después tendremos otros 365 posibilidades más para lograrlo. Ó si nuestro año fue muy malo, despedirlo y aventarlo lejos, y que sus recuerdos sólo se conviertan en lecciones.

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Hace ya algunos años que sólo tengo un propósito de año nuevo, y ese propósito es ser feliz, las metas irán llegando al paso de los días, pero los buenos momentos serán los que se queden para el recuento del siguiente año, un momento con mis hijas, aquel día que pasamos en el mar, el concierto en donde bailé y canté tanto, una cena con mis amigas, el día que lloré por mi mamá, el encuentro con los viejos amigos, aquel curso en donde me fué tan bien, el atardecer de octubre y la lluvia de verano, lo mucho que crecieron mis hijas y las veces que caminé de la mano de Juan; mí salud, mis corajes, mis pérdidas, los sueños que se cumplieron y los que no, lo mucho que batallamos, pero también, lo mucho que nos ayudaron. Sólo cambia el calendario pero también podemos cambiar nosotros, detenernos y vernos, celebrar el estar vivos y que aún nos quedan un montón de pendientes en la vida por los cuales levantarnos y respirar.

Así que llegó el momento de decir 10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, 1 FELIZ AÑO NUEVO!

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CUANDO PASE EL TEMBLOR

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“Hay una grieta en mi corazón

Un planeta, con desilusión”

Mexicali es zona sísmica y el hablar de temblores es parte de nosotros. Estamos totalmente familiarizados con palabras  como epicentro u oscilatorio, y somos expertos en calcular los grados Richter.

El primer temblor del que tengo memoria es el de 1979 de 6.9 grados. Yo estaba en mi clase de danza en Bellas Artes, y no lograba distinguir que era lo que estaba pasando, solo recuerdo a mi mamá entrar como loca al salón para sacarme de ahí, no recuerdo si había mucho caos en las calles pero si recuerdo que en mi casa lo había; mi abuela estaba muy nerviosa y mi abuelo coleccionaba baterías para la lámpara de mano, mi mamá por su parte se dedicó a reunir comida enlatada. Dormimos esa noche en la caja de el pick up de los vecinos, para mi, la verdad fue una mezcla de diversión y miedo muy rara.

En 1987 cuando estaba en la prepa, hubo otro temblor fuertecito, de 6.6 grados, fue muy temprano y no fui a la prepa, en la tarde me llamó un amigo y me dijo -¿por que no fuiste a la escuela?-, y le respondí, -mi mamá está tan asustada que nos tiene arriba del carro por si se desprende la península- y de nuevo hizo su maleta llena de comida enlatada.

Después de aquel temblor se han sentido un montón más en nuestra ciudad. Hasta el dia 4 de abril del 2010 que sentimos los que nos encontrábamos aquí, aquel domingo de pascua,  7.2 grados de movimiento trepidatotio y lo que en verdad es la fuerza de la naturaleza. Yo todavía soy incapaz de describir aquella sensación de terror, nunca había tenido tanto miedo, ése miedo me duró casi un año y los que me conocen sabrán que literalmente dure en pánico mucho tiempo, dormí en la sala de mi casa por mucho meses y es hora que todavia uso bolsa de las que se cruzan, como cartero, para tener libres las manos y tener a una hija en cada mano en caso de que tiemble.

En ése tiempo además del miedo reinaba en mi la incertidumbre y diario me preguntaba ¿que nunca va a dejar de temblar? Es la única vez que he deseado irme a vivir lejos de Mexicali, ahora simplemente me he resignado a vivir con otra de las tantas peculiaridades de mi ciudad.

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Pero hoy hay otros temblores que me preocupan y me ocupan, desde hace unos años en nuestro país ha habido un enjambre de movimientos con epicentro en Juárez, Tijuana, Michoacán, Tamaulipas, Hermosillo y un montón más. El último en Guerrero en un lugar llamado Ayotzinapa. El temblor no ha sido benevolente al contrario ha dejado destrucción, ha dejado ver que nuestras estructuras son débiles y que podemos salir heridos o morir entre los escombros.Me gustaría poder decir como decía SODA STEREO “despiertame cuando pase el temblor” cuando todo esté en calma, cuando los noticieros y las redes sociales no nos muestren esa realidad tan fea que nos gustaría sólo fueran escenas de una película, o la noticia de un lugar lejano de medio oriente y no se tratara de nuestro país. Pero no es el momento de estar dormidos, si no mas despiertos que nunca; alertas, proponiendo y luchando desde nuestra trinchera ya sea nuestra familia, la escuela o el trabajo. Es momento de solidarizarnos con el que más sufre y ayudarlo a construir de nuevo su hogar de entre los escombros.

Y sí como dice la canción “a veces siento temor, a veces vergüenza” . Tengo miedo del futuro, aunque también la esperanza de que puede existir un cambio. Y si también siento vergüenza del México que hemos construido para nuestros hijos y vergüenza de las personas que viven en su mundito pensando que todo está bien mientras ellos estén bien.

México es hermoso, si de algo puedo presumir es de conocerlo de península a península. En carro, en camión, de aventon y hasta en una panga pero siempre sorprendiéndome de su belleza pero sobre todo de su gente, de lo hermoso que es escuchar hablar en Nahuatl o lo admirable que es ver al campesino todavía sembrando su tierra ayudado solamente por sus hijos.

Quiero que mis hijas puedan también conocer su país tranquilas y sin miedo.

Quiero que deje de temblar en mi país.

Quiero escenas como la del 20 de noviembre con un pais unido que quiere simplemente estar bien, quiero líderes honestos, quiero que a los que escriben en facebook que les duele México. Les duela de verdad, tan de verdad como para hacer un cambio desde adentro, desde nosotros mismos y nuestras familias; quiero que la honestidad y el agradecimiento se pongan de moda, y no se ponga de moda exaltar al delincuente.

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Quiero que si tiembla sepamos como reaccionar, y no como yo, que hasta hoy me habia sentido incapaz de opinar o de entender ésta parte de la historia que nos toca vivir, por que no encontraba las palabras, por que tengo mucho miedo, por que pienso en soluciones y otras veces tengo coraje y no me deja pensar, por que quiero que dejen de repetirse las historias, que deje de morir gente en medio de un temblor que nadie comprende.

Entonces me mantendré despierta y alerta, no saldré corriendo ni voy a empujar a nadie,  me mantendré informada y dispuesta a cooperar, esperando el momento en que pase el temblor,con la esperanza de que nos deje ahora si un país con piezas tan solidas que ninguna sacudida por fuerte que sea lo destruya. #yamecanse

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TREN AL SUR

Y no me digas pobre

por ir viajando así

no ves que estoy contento

no ves que estoy feliz”

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En 1990 yo me encontraba en Guadalajara en  una especie de lección – castigo que mi madre me había impuesto en su deber de buena madre judía. Mis días pasaban en aquella ciudad sin mucha emoción, extrañaba Mexicali, a mí familia y a mis amigos y ya no podía más con tanta lluvia, mis tardes se tornaban depresivas y no me quedaba otro remedio que acoplarme al ir y venir que me imponía la familia que amablemente me daba hospedaje.

Cuando llegaron las vacaciones para ellos, me invitaron a acompañarlos en su plan de ir al DF en tren -¿en tren?, ¿por que en tren?, los únicos trenes que yo conocía eran el de Disney y el del bosque de la ciudad-, y la verdad no me entusiasmaba la idea, yo quería estar en el Mexicali en la playa en Rosarito y no en un viejo y lento tren hacia la capital. Se me venían a la mente esas fotos a blanco y negro de la revolución mexicana, con los hombres y mujeres hechos bola y viajando hasta en el techo de un tren con rumbo a quien sabe donde. Yo no era la única con poco entusiasmo, eramos 5 jóvenes de entre 14 y 18 años los que viajariamos con cara de fuchi acompañados de dos entusiastas adultos.

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Llegó el dia de viajar y me encontré frente a un tren super bonito en verdad, parecía de esos trenes que había visto en las películas con camarotes, un comedor y hasta algunas salitas para leer o practicar juegos de mesa. Inmediatamente nuestra chocante actitud adolescentes se transformó en una especie de regreso a la infancia y hasta aplaudimos cuando vimos nuestros camarotes con literas, silloncitos y una gran ventana que prometían una noche de plática y chistes muy divertida, y así fué, jugamos cartas, contamos chistes, hicimos bromas, nos asombró el paisaje y hasta hicimos un concurso de canto. Al llegar al DF, los adultos se bajaron con caras de cansancio y quejándose de dolor en la espalda y una de ellas dijo -¡definitivamente nos regresamos en avión!-, nos volteamos a ver y al unísono dijimos “¡ay que chiste!”. En verdad habíamos disfrutado aquel viaje en tren.

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Después de pasar una semana en el DF, regresamos efectivamente en avión, en menos de una hora estábamos en Guadalajara en donde para variar estaba lloviendo y  no habíamos ni platicado entre nosotros.

Al tiempo regresé a Mexicali, con muchas lecciones aprendidas y recuerdos, las cosas habían cambiado, mis amigos ya estaban en la universidad y yo todavía tenía algunos pendientes que resolver, no había lluvia, no hacia tanto calor, mi cuarto ya no era el mismo y tampoco había ningún tren.

Siempre que recuerdo aquellos tiempos, sonrío cuando pienso en aquél viaje que hicimos sin pausas pero sin prisa, disfrutando cada minuto.

Tal vez de eso se trata la vida, de llegar al mismo lugar que los demás pero disfrutando, cantando, sintiendo; guardando lo aprendido, olvidando los malos ratos, …respirando adentro y hondo, alegrías del corazón… como dirían LOS PRISIONEROS.

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VIVIR AL ESTE DEL EDEN

“¿Quien te ha visto amigo y quien te ve? ¿como te va la vida? a mi ha ido bien…”

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¿Cual es el recuerdo más antiguo que tienen?, ¿El dia que los dejaron por primera vez en la escuela?, ¿una navidad con el regalo que esperaban, o una fiesta de cumpleaños con mucha gente?. Yo no se cual es mi recuerdo mas viejito, lo que si sé es que soy de esas personas que recuerdan mucho y muy bien; muy seguido me dicen mis amigos, ¿como te puedes acordar de esas cosas?, y no sé, no se por que me acuerdo de tanto, lo que si sé es que con el paso del tiempo uno se da cuenta que las cosas y los hechos como los recordamos son un tanto distorsionados a la realidad. Por ejemplo; yo recuerdo mi primaria enorme, con unos pasillos muy largos y bonitos, con un gran salón de actos en donde cabíamos cientos de niños vestidos de rojo y blanco. El día que siendo mayor regresé, mi escuela no era tan grande, igual que disney no es tan gigante y perfecta y el muchacho que me gustaba en la prepa la verdad no era tan guapo, pero apoco ¿no es mejor recordar las cosas con la sensación más bonita que te han dejado?. Ver a tus amigos siempre jóvenes, porque si sigues viéndolos a los ojos, ellos son los mismos , ver a nuestros hijos siempre niños y sentir el abrazo de tus padres igual que cuando tenías 5 años.

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Yo he decidido seguir con mi colección de recuerdos, recordar lo bueno de las personas y no lo malo, recordar los buenos libros que he leído y las películas que me emocionaron tanto. Recordar aquella fiesta en la que bailé  toda la noche, la sensación del primer beso, las carcajadas de los amigos, el instante en el que conocí a mis hijas, la mirada de mis abuelos.

He decidido recordar al Piru callado y siendo solidario, pasándome el exámen de probabilidad y estadísticas, y no luchando con una terrible enfermedad.

He decidido recordar al Francis a carcajada abierta haciendome carrilla y no luchando con sus demonios, decidiendo su propio final.

Y he decidido recordar al Sando siempre sonriendo junto al Checho y el rana y saludando con un “¿qué pasó… Laurita?”, y no dejándonos tan de repente.

He decidido no perder de vista lo que importa, reunir más seguido a la familia y a los amigos para seguir creando recuerdos juntos, por que como dice el grupo LA UNIÓN “Ahora el tiempo pasa y no perdona, pasan meses y años para no volver”. He decidido regresar y acostumbrarme a vivir al este del edén.

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ESCUELA DE CALOR

       ” Arde La Calle Al Sol De Poniente,
    Hay Tribus Ocultas Cerca Del Río

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No estábamos tan cerca de un rio, pero se podría decir que mis compañeros de la prepa y yo éramos un conjunto de tribus con costumbres, formas de vestir, de hablar y de divertirnos.

Era 1989 y como cada año la costumbre era elegir a la reina de la escuela, hacia mucho calor, cosa que no es nada extraño en nuestra ciudad, y en las bocinas se escuchaba a RADIO FUTURA diciendo “ven a la escuela de calor”, y en verdad eso éramos!, una escuela llena de calor. No sólo el clima, si no el calor que corria por dentro de nosotros, el calor de nuestros 17 años, el calor de nuestra mente que soñaba con volar muy lejos, queríamos gritar y bailar, algunos; otros vivían la fuerza del primer amor, ibamos y veníamos abrazados de nuestros amigos, de nuestros compañeros con los que nos identificabamos más que con nuestros padres o maestros, nos platicábamos todo, compartíamos nuestros discos y cassettes, nos emocionaba el ir juntos al baile de coronación con nuestras mejores galas o a un concierto en nuestras peores fachas, caminábamos de regreso a casa, y podíamos pasar horas platicando por teléfono, respirabamos a fondo y dábamos mil vueltas por la misma calle solo para saludar. Lo prohibido y el peligro era de repente tan cercano pero se mezclaba con lo inocente y cotidiano.

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¿Qué pasa hoy? En donde están los sonidos que identifican a ésta generación. Veo la distancia de una pantalla y el miedo y desconfianza de lo bonito, de los sentimientos gratuitos.

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Las tribus tal vez no han cambiado ahí están todavía, algunos identificados por efímera popularidad o la mal vista inteligencia, los que siempre arman pleito y disfrazan de rebeldía sus grandes ausencias,  las niñas guapas y las que creen que no lo son. Pero con una distancia que debería ser corta entre ellos aunque ahora el mundo entero esté en sus manos con tan sólo una computadora; deben  saber que lo que en realidad importa está mucho más cerca, está en su tribu, ésa que al pasar de los años te seguirá acompañando a bailar y a sanar tus heridas, y por unas horas, siempre que estén juntos, sentir que bien se siente cuando “arde la calle al sol del poniente”