HOMBRE AL AGUA

“Meses navegando

tierra a la vista

todo volverá a ser como fué

Las luces de la costa

son faros del pasado

Todo volverá a ser como fué”

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Era la semana de graduación de la primaria y la sensación de emoción y nostalgia se mezclaban. Le decíamos adiós a nuestra querida escuela Leona Vicario. Entre los festejos, cada salón tuvo su fiesta por separado, y el grupo “C” tuvo una fiesta con alberca, y como es típico de esas fiestas los niños jugaban a echarse clavados, empujarse unos a otros y jugar a los ahogados, hasta que el juego dejó de serlo y en verdad uno de ellos se estaba ahogando. De pronto se dieron cuenta que su compañero estaba en el fondo de la alberca y no salía, y la reacción que para unos fué de pánico, para otro de ellos fué de valentía y se tiró a la alberca salvando a su compañero. El chisme corrió rápidamente por la escuela, el acto heroico de nuestro compañero no dejaba de comentarse y él fue premiado con una medalla al heroísmo en nuestra graduación.

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Unos años mas tarde, en mis vacaciones de verano, mi mamá decidió que era el momento de llevar mis clases de natación  al extremo y me inscribió en las clases de salvavidas que se impartían en la alberca pública de Calexico. Allá iba yo todos los días con la única motivación de que me compraran un “happy meal” a la salida. En verdad yo quería ir a la alberca, pero a divertirme, y no a mortificarme en aprender como reaccionar cuando alguien se está ahogando, me decía a mi misma, ¿en serio? ¿A poco serías capaz de tirarte al mar a salvar a alguien?, o mi reacción sería la del dueño del Titanic, que salió huyendo muy espichadito sin ayudar a nadie, o como Rose que no hizo nada por hacerle un campito a Jack en la tabla para salvarse los dos.

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Al final del verano ya estaba yo lista para salvar vidas en albercas, en ríos y en mar. Obtuve mi certificado, pero les juro que mi imagen de susto quedaba muy lejos de la imagen de cualquier escena de “bay watch”, y no sólo por no contar con el cuerpo de Pamela Anderson, si no por el pánico que me provocaba tener la responsabilidad de salvarle la vida a alguien.

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Mi entrenamiento de aquél verano sirvió para que yo adquiriera cierta seguridad al momento de enfrentarme al agua, así que algunos veranos más tarde, estando de vacaciones en Vallarta, mi amiga Emma y yo aceptamos la invitación de su primo para ir a dar la vuelta en un barquito rumbo a una playa de Nayarit; que ahora se ha puesto muy de moda y que en ese entonces era de difícil acceso. Llegabas en el mentado barquito el cual no se acercaba a la orilla por que no existía marina a donde llegar, así que tenias que llegar nadando, o en una lanchita de esas tipo panga. Así que muy seguras de nosotras mismas, dijimos que nosotras iríamos nadando para no esperar la lanchita, así que nos aventamos al mar sin salvavidas, muy fregonas y allá vamos, nadando contra corriente; llegó un momento en el que nos volteamos a ver preocupas por que veíamos cada vez mas lejos la orilla, nadábamos y nadábamos y la orilla parecía que se alejaba, así que empezamos a gritarle a mi amigo Juan que nos venía acompañando de Guadalajara, y que a Dios gracias, el sí tenía el valor de poner en práctica sus conocimientos de la clase de natación, y nos ayudó a llegar a la orilla a las dos. Ahí llegamos exhaustas, y no queriendo volver a arriesgarnos para regresar al barco así que de regreso esperamos la lanchita, que de manera inteligente otras personas habian usado.

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Así como estos momentos, así podemos ver la vida. Cuántas veces necesitamos que alguien llegue de repente y nos salve de algo que nos está hundiendo, o cuántas veces podemos ser el héroe para aquellos a los que ayudamos a llegar a la orilla.

Muchas veces podemos sentir que nos ahogamos en un mar de broncas, y que por más que yo esté preparado, no logro salvarme.

De repente nadamos contra corriente en un mar de gente que no piensa como nosotros, o nos enfrentamos a olas gigantes de miedo e incertidumbre.

Aquí el chiste es sentirte capaz de flotar en medio de esas corrientes, con ayuda de los que te quieren o ayudando a que el fuerte caudal del rio se vuelva tranquilo y fácil de navegar.

Nunca he salvado a nadie de ahogarse en el agua, pero espero salvar a quien lo necesite sí se ahoga en su tristeza o soledad. Tengan por seguro que he aprendido a acompañarlos hasta la orilla.

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